Cada pocos años, la comunidad de la salud mundial asume nuevos compromisos en materia de enfermedades no transmisibles (ENT). La Cuarta Reunión de Alto Nivel de las Naciones Unidas sobre las ENT y la salud mental, celebrada en 2025, brindó a los gobiernos una nueva oportunidad para reconocer la magnitud del reto y ponerse de acuerdo sobre lo que es necesario cambiar. Una vez adoptada la Declaración Política, la verdadera cuestión es si los compromisos asumidos sobre el papel se traducen realmente en acciones concretas para mejorar el acceso a la atención de las ENT. En el caso de las enfermedades cardiovasculares (ECV), esa cuestión es especialmente urgente.
Se estima que las ECV causaron la muerte de 19,8 millones de personas en 2022, lo que supone aproximadamente un tercio de todas las muertes en el mundo, y más de tres cuartas partes de ellas se produjeron en países de ingresos bajos y medios. La mayor parte de estas muertes se pueden prevenir mediante intervenciones rentables de las que disponemos desde hace décadas.
La hipertensión es quizás el ejemplo más claro de la brecha entre lo que sabemos y lo que hacemos. En 2024, 1.400 millones de adultos de entre 30 y 79 años padecían hipertensión en todo el mundo. Alrededor de 600 millones no sabían que la padecían y solo el 23 % tenía la presión arterial controlada. Sin embargo, sabemos cómo diagnosticar y tratar la hipertensión a través de la atención primaria, a menudo con medicamentos genéricos de bajo coste. Se trata claramente de un problema de implementación: solo 4 de 195 países han alcanzado un control de la presión arterial del 50 %, mientras que 99 países se sitúan por debajo del 20 %, según el último Informe mundial de la OMS sobre la hipertensión.
En la Federación Mundial del Corazón observamos una y otra vez los mismos obstáculos: las prioridades cardiovasculares se incluyen en estrategias más amplias sobre ENT, pero a menudo carecen de la especificidad necesaria para impulsar la acción. Las responsabilidades están fragmentadas y la financiación no siempre está a la altura de los compromisos. Los objetivos pueden centrarse en la mortalidad, pero pasan por alto si las personas son diagnosticadas, tratadas y controladas.
Esa es una de las razones por las que la Federación Mundial del Corazón desarrolló su Marco para un Plan de Acción de Salud Cardiovascular. Nuestro análisis reveló que, en 2024, menos de 20 países contaban con una estrategia o un plan de acción nacional específico para la salud cardiovascular. No se trata de crear otro documento, sino de ayudar a los gobiernos a pasar de compromisos generales a planes integrales con prioridades claras y objetivos cuantificables, respaldados por responsabilidades y mecanismos de financiación bien definidos.
La implementación también depende de la incidencia política. La evidencia se traduce en resultados cuando quienes impulsan esa labor, los responsables de las políticas públicas, los profesionales de la salud, las comunidades y las personas afectadas por enfermedades cardiovasculares pueden utilizarla para actuar.
En la Asociación Americana del Corazón, consideramos que este enfoque colaborativo es esencial para promover la salud cardiovascular a nivel mundial. Ninguna organización, sector o país por sí solo puede hacer frente a la magnitud y la complejidad de las ECV. El progreso depende de vincular los compromisos globales con las políticas nacionales, reforzar los sistemas sanitarios al tiempo que se fomenta la capacidad en las comunidades, y garantizar que las voces de las personas afectadas por las ECV contribuyan a dar forma a las políticas destinadas a atenderlas.
La siguiente fase del liderazgo en materia de ENT debe ser concreta. ¿A cuántas personas con hipertensión se les diagnostica, trata y controla la enfermedad? ¿Están disponibles y son asequibles los medicamentos esenciales en la atención primaria? ¿Se está dejando atrás a algunas comunidades?
Estas preguntas revelan si los sistemas sanitarios están cumpliendo en materia de acceso, calidad, equidad y continuidad de la atención, y si la cobertura sanitaria universal está funcionando.
Los planes nacionales necesitan financiación. La atención primaria debe ser capaz de cumplir su cometido. Los medicamentos y los medios de diagnóstico deben llegar a la población. Los objetivos deben medir el diagnóstico, el tratamiento y el control, no solo la mortalidad. Las personas que viven con enfermedades cardiovasculares y la sociedad civil también necesitan la información necesaria para evaluar si se están cumpliendo los compromisos.
Para cuando alcancemos el próximo hito mundial sobre ENT, deberíamos poder demostrar que más personas saben que padecen hipertensión, que más personas reciben el tratamiento que necesitan y que más personas viven con su enfermedad bajo control.
Eso es lo que realmente debería medir la rendición de cuentas.
RA